Hablemos de Negocios

Por Sebastián Sanhueza R.

Sebastián Sanhueza
Sebastián Sanhueza

En una de sus tantas ingeniosas, antológicas y hasta polémicas citas, Woody Allen afirmó que “las relaciones son como los tiburones: si dejan de avanzar o de moverse, mueren”, dejándonos entrever que en los terrenos de la sexualidad y del amor no podemos ser estáticos o apostarle todo a los caprichos de lo cotidiano, del sedentarismo o de la rutina.

Como mera referencia, una vieja leyenda polinesia relata que los dioses condenaron a los tiburones a nadar eternamente debido a su mala conducta, por lo que nunca gozarían de descanso alguno, pero -más allá de cualquier mito- se ha comprobado científicamente que estos animales no cuentan con una vejiga natatoria que les permita flotar inertes, por lo que se irían al fondo y morirían ahogados si dejan de estar en constante movimiento. Esta teoría, sin embargo, podría no ser tan certera si se toma en cuenta a “los tiburones dormidos de México”, un fenómeno que fue descubierto desde la década de los 70 en unas cuevas submarinas de Isla Mujeres, al sureste de nuestro país, aunque este asunto todavía sigue siendo un tema para la polémica.

Pero hablar de estos peces y de una de sus muy contadas limitaciones es sólo un pretexto para dirigir nuestra mirada hacia aquellas empresas que, al igual que los escualos, mueren por quedarse estáticas, por lo cual podríamos etiquetarlas como víctimas del “efecto tiburón”.

Hay quienes han utilizado este calificativo como una paradoja, afirmando que de alguna forma todos terminamos siendo torturados por aquel miedo del cual intentamos huir, pero dentro del entorno empresarial y financiero nos referimos simplemente al riesgo o tendencia que tienen las empresas de desaparecer si sólo se mueven por inercia, sin hacer lo mínimo necesario para adaptarse a las circunstancias que las rodean, aferrándose a su zona de confort o a una idea paralizada en el conformismo.

Se presume que los tiburones, en su afán de lograr cierto descanso muscular, utilizan sus aletas pectorales como alerones, lo que les permite realizar un planeo lento y en espiral, aunque en el trayecto hacia las profundidades su cerebro siempre sigue activo, mientras que las empresas que nada más se dejan llevar por el momentum y le apuestan todo a un negocio tal vez productivo pero efímero prácticamente estarían firmando su sentencia de muerte o comprando un boleto sin retorno hacia la desaparición.

Son pocas las estadísticas con respecto a la mortandad de empresas, pero a mediados de febrero de este año el presidente del INEGI, Eduardo Sojo Garza-Aldape, señaló que la supervivencia de los negocios depende mucho del sector y del tamaño de los mismos: las empresas micro tienen una esperanza de vida de 6.9 años, en tanto que para las medianas el promedio es de 22 años.

Dependiendo del país y de las muchas agencias clasificadoras, existen distintas definiciones de lo que son las micro, pequeñas y medianas empresas (MiPyME). En México se catalogan particularmente en función del número de empleados, de los ingresos anuales por ventas y del sector económico al que pertenecen, pero para no entrar en controversias centrémonos sólo en el primer indicador, pues a fin de cuentas es el principal objetivo de la actual política económica del país, centrada justamente en la generación de empleos.

Las Secretarías de Economía (SE) y de Hacienda y Crédito Público (SHCP) publicaron desde finales de junio del 2009 una nueva clasificación, ubicando a las microempresas como aquéllas que cuentan con 1 a 10 empleados; las pequeñas tienen de 11 a 30 subordinados dentro del sector comercio y de 11 a 50 para los sectores industrial y de servicios; las medianas cuentan con entre 31 y 100 (comercio), de 51 a 100 (servicios) y de 51 hasta 250 (industria), en tanto que las grandes presumen tener al menos 101 empleados (comercio y servicios) o de 251 y más en el sector industrial.

Sojo Garza-Aldape aseguró que, a diferencia de lo observado en la demografía tradicional, la esperanza de vida en los negocios obedece a una fórmula radicalmente opuesta: mientras más edad se tiene, mayor es la posibilidad de seguir operando.

A razón de esta postura y tomando en cuenta la llamada “tasa de mortalidad acumulada de las empresas”, 36 de cada 100 unidades económicas desaparecen en el primer año de operaciones; después de cinco años esta cantidad sube a 70, quedando solamente el 30%: “La tasa de mortalidad se reduce entre los negocios restantes, lo cual significa que para nuestra economía, e independientemente del tamaño y del sector, llegar a cinco años es un punto de inflexión para las empresas, mientras que sólo 11 de cada 100 negocios en México podrían llegar a cumplir los 20 años de edad”, refirió el funcionario.

Con fecha de caducidad

Según National Geographic, por cada persona muerta debido al ataque de un escualo, el humano mata aproximadamente dos millones de estos animales, y eso sin contar lo que arroja la pesca comercial nada más para la preparación de la popular sopa china de aleta de tiburón, una cifra que supera los cien millones al año.

La realidad es que todos estos animales mueren o son aniquilados, mientras que las empresas que nacen “con fecha de caducidad” o por mera corazonada simplemente terminan suicidándose, refiriéndonos en especial a aquéllas en las que el dueño y/o administrador carecen de habilidades, conocimientos o experiencia para poder llevarlas a buen puerto y, lo peor de todo, sintiéndose muchas veces autosuficientes, por lo cual es muy difícil que se animen a contratar a las personas adecuadas que les ayuden a operarlas.

También es un hecho que las tasas de mortalidad de las MiPyMEs siguen siendo extremadamente altas, y aunque no existe un patrón definido para encontrar las causas de ello, tal vez las más comunes serían:

* La falta de liquidez y de capital, lo que por lo regular es consecuencia de una inadecuada planeación de los recursos. Dirigir una MiPyME no es algo sencillo; además, lograr un equilibrio entre ingresos y la eficiencia operativa es uno de los mayores desafíos que debe afrontar un nuevo empresario o emprendedor.

* A lo anterior debe sumarse el limitado acceso a esquemas de crédito y financiamiento; en ese sentido, cabe hacer referencia a un reciente estudio del Banco de México, donde se concluye que para las instituciones financieras es “una arriesgada apuesta” otorgar créditos a los nuevos negocios, y es que aún existe la percepción generalizada de que un 80% de los mismos podría desaparecer antes de cumplir los dos años de vida.

* La ausencia de controles adecuados que permitan anticiparse a los problemas, además de no tener las herramientas técnicas y humanas para la identificación correcta de los riesgos; esto significa que algunos empresarios prefieren atender los problemas cotidianos (o los que para ellos son urgentes) que dedicarle tiempo a lo que en verdad podría ser más significativo para sus empresas, como contar con un plan de negocios perfectamente estructurado tanto a corto como a mediano y largo plazos. Planificar en base a proyectos también sería una buena opción para estas compañías, pues ello les permitiría alinearlos a una estrategia delimitada en cuanto a objetivos, así como tener un mayor control y viabilidad de sus presupuestos.

* El miedo a cambiar, pues muchos empresarios del sector comulgan con la nada certera idea de que es más práctico y seguro hacer siempre lo mismo, cuidar lo que se tiene y no ser ambiciosos, o que es mejor imitar a los grandes que aventurarse a innovar, todo lo cual se complicaría aún más si no reconocen que el mercado, los clientes y su propia competencia están en constante evolución.

* Ninguna empresa existe por mero capricho sino porque, de alguna manera, sus productos o servicios están cubriendo un requerimiento del mercado, así que una incorrecta identificación de necesidades o el no contar con una oferta que en verdad aporte valor a los clientes podría implicar la desaparición prematura de un negocio.

Desde los cimientos

Es obvio que las MiPyMEs necesitan apalancar todo aquello que en teoría saben hacer mejor para ser competitivas, pero dejar las ganancias y los ahorros debajo del colchón sería una mala jugada tanto para las empresas bisoñas como para las que ya tienen un camino recorrido, pues el dinero también “se muere” si deja de moverse; en ese sentido, hay que ponerlo a producir, a pesar de que esta decisión implique diversificarse y apostarle a otros negocios que, incluso, nada tengan que ver con el core inicial.

Hoy más que nunca resulta imperativo la automatización de procesos en las empresas, alineando la tecnología a la estrategia del negocio no como un costo sino como un área neurálgica de sus operaciones; también es necesario posicionar cada emprendimiento dentro del mundo digital, aprovechando el potencial de Internet y eligiendo las herramientas o los canales más adecuados para atraer a los clientes, por ejemplo mediante el e-commerce, las redes sociales, el posicionamiento en buscadores, etcétera.

Pero el “efecto tiburón” igualmente ha estado causando estragos en las llamadas empresas virtuales y en todo aquel negocio que no ha sabido explotar las bondades de la red de redes, aunque de ello hablaremos en la siguiente entrega.

  • El autor es Director Regional de HD Latinoamérica

(ssanhuezar@hdlatinoamerica.com).

Sergio I. Lizárraga P.

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